La Ambición, femenina.

kick assEl artículo ¿Nos falta ambición a las mujeres? escrito por María Gómez del Pozuelo (Co-fundadora y CEO de la fantástica plataforma Womenalia), me regaló una buena contemplación. Tal y como María cita en él, la RAE reza:

ambición

  • 1. f. Deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama.
  • 2. f. Cosa que se desea con vehemencia. Su mayor ambición es vivir en el campo.

A mí personalmente leer esta definición (la 1ª, la que menciona María en su artículo) me llamó tantísimo la atención que decidí investigar quiénes han sido los Académicos de nuestra Real Academia de la lengua Española que se han sentado desde el principio de los tiempos en las butacas de la “A” y la “a” (iniciales de la ¿”virtud”? en cuestión) y van desde Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga (1713-A), fundador de la mismísima Academia y 8º Marqués de Villena, pasando por Pio Baroja (1935-a) a Manuel Seco Reymundo (1980-A) y Pedro García Barreno (2006-a) ya en nuestros días.  A mi manera humilde de verlo, “padecer” ambición no tiene ni género, ni especie (aunque sí tiene algún que otro color), pero algo me decía antes de informarme sobre los académicos que se han sentado en la butaca de la primera letra de nuestro abecedario, que en ésta particular definición nunca se había posado la mano de una mujer.

¿Nos falta ambición a las mujeres?

Cuando leí el título del artículo pensé que iba de guasa, pero no.  Este tema en realidad me inspira tanto como para escribir todo un libro y, que vaya por delante que aunque soy mujer, no voy a hablar como alguien perteneciente al grupo, porque soy consciente que mi caso es excepcional en la todavía “norma” española: soy soltera, independiente económicamente desde los 20 años, jamás me he casado y vivo sola con mi perro, no hablaré como madre porque no lo soy, pero probablemente, sí que en mis palabras estará la nieta, la hija, la amiga, la hermana y principalmente la observadora,JAJAEinstein porque un tema que me ha llamado tantísimo la atención hace ya unas cuántas décadas es eso de “La liberación de la mujer” (que tanto respeto pero risa me produce y en particular en este país, porque para la mayor parte de las mujeres ha supuesto seguir haciendo todo lo que hacían MÁS seguir encargándose de la casa y la familia). También me parece imprescindible comentar (por el tema del que trata el artículo de María) que he sido directora ejecutiva responsable de todo el organigrama nacional, cuenta de resultados incl. y una de los 4 (entre ellos 2 mujeres) directores ejecutivos y el Director General europeo, que formaban la Junta Directiva Ejecutiva Europea de una empresa privada internacional. Provengo de una familia en la que hace ya tres generaciones, las mujeres que quisieron salieron a trabajar fuera de casa e hicieron aquello que ambicionaban y, que llegaron muy lejos profesionalmente, pero que a la vuelta del trabajo (remunerado económicamente), les esperaba el trabajo no remunerado: el supermercado, hacer la comida, la casa, los hijos, el marido y que aunque hubiese un apoyo contratado interno o externo y un sol de marido (como el de mi madre, por cierto; que nunca nos dejaba meternos una segunda cucharada de la comida a la boca sin antes agradecerle a nuestra madre lo deliciosa que estaba, por puro respeto y agradecimiento.).  La realidad, como digo, es que en más del 95% de los hogares españoles donde la mujer sale a trabajar fuera de casa, también es ella misma la que soporta la mayor parte del peso de la logística del hogar y de la familia. En esto, como en todo hay excepciones, pocas, pero las hay y, quizá por eso me llama tantísimo la atención ver cómo muchas de mis amigas y otras mujeres allegadas a mí van siempre de cabeza y sin frenos para llegar a todo, su vida no les pertenece a ellas porque viven dedicadas en cuerpo, salud y alma a la vida de todos los demás con los que conviven y, así están las pobres…

Para aquellos que no me conocen y estén teniendo la tentación de encasillarme entre ese grupo de mujeres llamado “feminista”, se lo desaconsejo encarecidamente, porque nada más lejos de serlo; de hecho tengo puntos muy críticos hacia la mujer que lo quiere alcanzar todo, porque el que mucho abarca poco aprieta y tan solo acaba por minarlas a ellas mismas y a sus hijos si es que los tienen.  Soy una persona que: A. honra a la mujer por portar en sus entrañas el nido de la creación humana (lo amortice o no), ese amor incondicional implícito e innato (con sus excepciones, claro!) y la victima de una guerra hormonal a la que se a partir de cierta edad se enfrentará, teniendo encima que poner cara de aquí no pasa nada, no vaya a ser que la adjetiven con ausencia total de compasión, de estar hormonal, como tantas veces pasa.  B. Soy una persona que cree en algo llamado –Equipo– y sobre todo, en el #AmorVerdadero, que engloba importancias vitales como: la empatía, el cariño, la compasión, los cuidados, el apoyo constante, la complicidad, la amistad y un largo etcétera de virtudes que no tienen género y que si se practicasen algo más y con mucha más consciencia en el seno de las familias donde la mujer también contribuye con el dinero que se ingresa en el hogar, ni habría tantas parejas rotas, ni tantos niños con la logística cubierta pero con mucha falta de cariño y atención verdaderos.

Tal y como digo, aunque yo no me haya metido en el jaleo logístico que supone una familia propia, vivo en este país y puedo ver el día a día que llevan muchas mujeres, con un empleo fuera de casa:

  • Se levantan al alba para poder tener un momentitito de paz en el desayuno. Conocen bien la batalla que se les avecina.
  • Despiertan a los peques, les dan de desayunar, los visten, les achuchan porque como no se den prisa llegarán tarde al colegio y ella al trabajo, con el consiguiente giro del globo ocular del jefe (e incluso de la jefa!), que por primera vez en su día y su foro interno les va a hacer sentirse no-suficientes.
  • Los niños son llevados al colegio por ella, el marido (con un poco de suerte si le queda de paso) o el bus del cole.
  • Hechas ya un cisco, llegan al trabajo e intentan por todos los medios estar a la altura de todos los demás del equipo (que tan solo nos hemos levantado, duchado, vestido, desayunado y llegado a nuestro puesto laboral sin tener que “luchar” con nadie más.)
  • Si los niños están enfermos o tienen que ir al médico es ella la que pide permiso en el trabajo (el jefe de nuevo con los globos oculares virados y los morros un metro por delante del resto de la cara).
  • Salen puntuales de sus jornadas laborales -remuneradas- porque de allí tienen que corre, corre, que te pillo, ir a recoger a los críos al colegio, quizá ya mágicamente con sus meriendas en el bolso, llevarlos a las doscientas mil extra-escolares e irse a casa a la velocidad del rayo a poner lavadoras, planchar, preparar la cena y un largo etc. antes de que regrese el batallón.
  • Si con un poco de suerte el marido y padre de las criaturas, no se queda a trabajar hasta tarde en la oficina, los recoge de extra-escolares y todos encantados llegan a casa a oír la canción del ¡cambiaros de ropa!, a mesa puesta comen o incluso devoran, nadie agradece nada, (las lenguas españolas no desgastan demasiado ni el ¡Gracias! ni el Por favor…)
  • Supervisan si hay tareas del cole y mientras los niños las hacen ayudados por el papá, o no, la madre recoge la cena y la cocina.
  • Niños a la ducha y a la cama (no tengo ni idea si a estas alturas les cuentan cuentos o les ponen un MP4, 5 o 6).
  • Y entonces, cuando con unos pelos de locas, caras desencajadas y a duras penas pudiendo con el alma, su adorable marido, probablemente, con una ausencia total de un ¿qué tal tu día, cariño? ni un baño caliente ya listo con sales relajantes y velas, ni una pizca de seducción… le propone una genialidad, a la que ella responde: ¡Me duele la cabeza!

¡¿María, verdaderamente crees que en general a las mujeres les falta ambición?! Porque yo personalmente creo que una gran mayoría está mordiendo más de lo que pueden masticar.

Quizá lo primero que una mujer debiera plantearse seriamente y con todas las consecuencias es: ¿Qué es lo que deseo en mi #Vida? Si la respuesta es: Quiero ser una profesional de prestigio. ¡Fantástico, manos a la obra! Sacrifica la faceta maternal o encuentra a un hombre (o mujer, o niñera, o quien sea que forme equipo contigo) que complemente el ritmo al que tendréis que bailar juntos en el evento de que lleguen los hijos,  y ¡Adelante! Porque está claro que la-mujer-es-muy-fuerte y parece poder con todo. Pero no te olvides de que hasta la fecha, somos las mujeres las que llevamos el nido en las entrañas. Esas mismas entrañas que nos regalaron una forma muy determinada de amar, por lo que por mucho que los padres lleguen a poder compartir tiempo de baja paternal, déjame dudar que puedan equiparar sus cuidados a aquellos de una madre. Está científicamente probado.  Tal y como nos dice Scott Peck en su libro “Un Camino sin Huellas” (The road less travelled): El amor materno es incondicional, el paterno es condicional y ambos tienen su razón de ser y su valor para el crecimiento equilibrado de las nuevas generaciones. Si tienes hijos estando sola, te aseguro que tienes toda mi admiración, pero de esto hoy no estoy hablando.

Así pues, si tienes hijos y una pareja estupenda que arrima el hombro en el hogar tanto como tú, ve y aumenta ese paupérrimo 21% de mujeres en cargos directivos. Yo te felicitaré, porque ya tenéis mucho más de lo que muchas mujeres tienen, pero todavía vais a tener que poner vuestra especia, esa que nadie más que una madre, unos padres, pueden poner en el aliño de la vida de sus hijos, de lo contrario terminaréis por ser sus grandes desconocidos.

La vida es mucho más que conseguir riquezas (materiales), poder, dignidades y fama. A todos nos llegará el último suspiro y ese día no estarán ni tu jefe, ni tus empleados, en el caso de haber llegado a ser una empresaria o directiva de éxito.  Ese día estarás rodeada de los hijos que tuviste y todo aquel que te quiera porque eres humana y perfectamente imperfecta. Así que pongamos un poco de contemplación en qué vida queremos llevar y a partir de ahí, ser consecuentes con ello.

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